Historia de Arenas de Iguña
El municipio de Arenas de Iguña radica en el tramo medio del Valle del Besaya, un corredor geográfico de conexión entre la Costa Cantábrica y La Meseta. Esta estratégica situación ha favorecido la circulación y discurrir de antiguas calzadas, caminos y vías por donde han transitado ejércitos, mercancías e ideas culturales. Es por ello, que este término atesora vestigios arqueológicos desde la remota Prehistoria, castros prerromanos, campamentos romanos de las Guerras Cántabras (29 a 19 antes de Cristo), manifestaciones de arte mozárabe y románico medieval, el “Camino Real” neoclásico borbónico, o la singular línea de ferrocarril de Isabel II (año 1858).
Ya en época medieval proliferó la generación de núcleos de población, como se testimonia en el paisaje despoblado de la ermita de San Román de Moroso en Bostronizo (siglo X), antiguo monasterio y joya arquitectónica del arte mozárabe en Cantabria; o la iglesia románica de San Juan de Raicedo (siglo XII) perteneciente a la Orden Militar de San Juan de Jerusalén, junto con su cementerio cristiano medieval asociado al templo medieval, en el que recientemente se ha inaugurado un centro de interpretación del mundo funerario medieval.
En los distintos pueblos que conforman el municipio se conservan ejemplos de arquitectura tradicional montañesa, donde se plasman influencias artísticas del gótico, el renacimiento o el barroco. Destaca que en muchas casas y casonas, presentan hacia el exterior los emblemas y blasones heráldicos de los viejos linajes del valle.
En 1822 llegó la constitución de los municipios independientes, y fue así como se instituyó el ayuntamiento de Arenas de Iguña.
El panorama cultural del municipio, a finales del siglo XIX, quedó enriquecido con la construcción de Los Hornillos, un complejo palaciego, que se corteja con un extenso jardín, una torre neo-medieval, una iglesia neoclásica, un chalet cottage, viviendas de guardeses, cuadras y caballerizas. Se trata de un palacio de estilo Neo Tudor inglés (basado en la arquitectura rústica medieval inglesa), trasladado a un pueblo de la campiña montañesa. Un paisaje cinematográfico.
En el plano económico, al estar situada en una ruta tan transitada, esta comarca siempre ha resultado favorecida, especialmente con la construcción, bajo la promoción de la monarquía borbónica, del denominado “Camino de las Harinas”, a finales del siglo XVIII. Se trataba de una infraestructura viaria que conectaba Alar de Rey (Palencia) con el puerto de Santander y que impulsaba la exportación de harinas hacia América, el Nuevo Continente. Así, en el valle del Besaya se asentaron molinos y fábricas harineras de las que aún hoy quedan vestigios, y que en su día permitieron la primera industrialización de Cantabria. El grano procedente de Castilla era transportado a través del corredor del Besaya, mejorando sus comunicaciones. A finales del siglo XIX, se inició su decadencia y a partir de ahí muchos de los ingenios fabriles harineros aprovecharon su infraestructura y sus circuitos hidráulicos para un nuevo ciclo de industrialización.
